viernes, 28 de diciembre de 2012

Dios mío, apiádate de la mula


(Wikifaunia.com)

Please, God, take care of the mule es el título original de una breve crónica escrita por la estadounidense Lini Moerkerk de Vries sobre sus andanzas en el Alto Papaloapan a mediados del siglo pasado, donde a falta de caminos para automóviles, tuvo que realizar peligrosas travesías montada en una mula, bajo la guía de arrieros.
Hija de padres holandeses, Lini Moerkerk nació en Nueva Jersey, Estados Unidos, hacia la segunda década del siglo XX, y habiéndose graduado en Salud Pública en la Universidad de Columbia, ejerció su profesión en México a partir de 1949.
Su trabajo estuvo vinculado a la construcción de la Presa de Temascal y al reacomodo de los indígenas mazatecos cuyas poblaciones fueron cubiertas por el agua. Como organizadora de campañas de salubridad, le correspondió capacitar a promotores de salud en áreas de muy difícil acceso incluso a lomo de mula, que es el animal más apropiado para estos caminos.
Mi mula –dice la señora De Vries- tenía una personalidad particularmente terca; siempre era la última en la fila. No me prestaba ninguna atención cuando le pedía que se apresurara, para alcanzar a los demás. Cuando llegaba a donde había hierba que le apetecía, volteaba a mirarme con ojos brillantes, y se paraba a comer. Yo sólo podía sentarme a esperar hasta que estuviera lista para avanzar de nuevo. Más tarde aprendí a confiar en ella. Cuando íbamos por las curvas de un estrecho camino de no más de dos pies de ancho, con escarpados riscos hacia arriba y una caída de miles de pies hacia abajo, la mula avanzaba con precaución atemorizante, mientras yo me detenía de la pared del desfiladero para el caso de que ella resbalara. Una y otra vez, me escuché decir por debajo de mi aliento: - Dios mío, por favor, apiádate de la mula.
En tan apuradas circunstancias, ¿qué más se puede pedir?

viernes, 21 de diciembre de 2012

Los chicleros


Extracción del chicle (Imagen: José Carlo González. La Jornada).

Así como surgieron los arrieros neveros en el Valle de México, los mineros en Zacatecas, los tequileros en Jalisco, los tabaqueros en Veracruz y los madereros en Chihuahua, por mencionar algunos ejemplos, también prosperaron los chicleros en el Sureste mexicano, donde se produce la goma de mascar.
En su obra Tribus y templos (1926), los exploradores Frans Blom y Oliver La Farge, danés el primero y estadounidense el segundo, que viajaron por el Sureste para estudiar la cultura maya, ilustran sobre el proceso de extracción del chicle, su transporte y los riesgos que afrontaban los arrieros dedicados a este comercio:
Con frecuencia veíamos árboles de chicle y la actividad de quienes los explotaban. Chicle es el nombre de la materia prima con que se fabrica la goma de mascar y se obtiene de un árbol llamado chicozapote, el cual se encuentra únicamente en [esas] selvas… Es un árbol alto de madera muy dura, tanto que cuando se seca no le puede penetrar un clavo. Los antiguos mayas usaban esta madera para dinteles y cornisas de sus templos. La goma de estos árboles se usaba como ofrenda para sus dioses. Esta savia la extraen los chicleros o chupadores del chicle. Se suben el árbol con la ayuda de escalas como las que usan quienes instalan los postes telegráficos.
Con machetes hacen heridas en zigzag en la corteza del árbol. La savia blanca que mana de estas cortadas se colecta en pequeñas bolsas fijadas al pie del tronco. Parece fácil y simple, pero cuando uno observa a estos hombres cómo ponen su vida en peligro, la historia es muy diferente […]
Cuando el chiclero ha llenado sus bolsas con la goma blanca, la reduce por medio de cocción en pequeños moldes y finalmente la junta toda para formar un pedazo de 50 kilos, de un color café oscuro. Al hervirlo le agregan todo género de objetos para que aumente su peso. Afortunadamente, la goma llamada cruda se limpia y esteriliza con cuidado antes de que salga  al mercado. Dos pedazos hacen la carga de una mula. Desde el campo del colector estos bloques se transportan a través de los ríos. A menudo se requieren días y semanas para viajar sobre caminos donde las pobres mulas van hundidas en el lodo hasta sus barrigas. Algunas veces los bandidos interfieren los caminos con sus recuas de 20 o 30 mulas, al final desaparecen mulas y chicle, sólo quedan chicleros muertos, mudos testigos de lo que sucedió.
El proceso de extracción comercial del chicle empezó a finales del Siglo XIX, aunque el auge se dio durante la Primera Guerra Mundial, cuando su consumo se expandió por todo el mundo. Hasta 1964, México fue el primer productor mundial de goma natural, sitio que perdió al aparecer las gomas sintéticas, derivadas del petróleo. Actualmente sólo el 2 por ciento de la producción mundial de chicle proviene de goma natural.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Los neveros

El Popocatépetl (Fotografía de José Ricardo Guarneros Rico).

Habitual fue el consumo de nieve en la Ciudad de México y en el Puerto de Veracruz durante la Colonia y el Siglo XIX, gracias a los arrieros neveros que a lomo de mula bajaban el producto desde las cumbres de las más altas montañas hasta las ciudades, ya que en esos tiempos, sin energía eléctrica, no había otra forma de abastecer a las heladerías.
En su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, Alexandro de Humboldt, quien recorrió México a principios del Siglo XIX, dice que “se han establecido postas para llevar la nieve con la mayor celeridad a lomo desde la falda del volcán de Orizaba al puerto de Veracruz. El camino que corre la posta de nieve es de veintiocho leguas. Los indios escogen los pedazos de nieve que están mezclados con granizos conglutinados. Por una antigua costumbre cubren estas masas con yerba seca y algunas veces con ceniza, substancias ambas que es bien sabido son malos conductores del calórico. Aunque los mulos, así cargados, van de Orizaba a Veracruz a trote largo, se derrite más de la mitad de la nieve en el camino”.
En la época colonial había incluso un impuesto a ese gélido comercio que se llamaba estanco de la nieve: podría causar maravilla el ver que en América se considera como propiedad del rey de España aquella capa de nieve que cubre la alta cordillera de los Andes (mexicanos). El pobre indio que llega no sin riesgo a la cima de las cordilleras, no puede recoger la nieve o venderla en las ciudades inmediatas, sin pagar un tributo al gobierno, añade el autor.
Asimismo, el Diario de Marie Giovanini, refiriéndose al viaje hecho por Madame Callegari a México en 1854, asegura que las heladerías de la Ciudad de México se surtían con nieve bajada del Popocatépetl. Otras ciudades también eran abastecidas de esa fuente y del Pico de Orizaba.
Igualmente, en México. Paisajes y Bosquejos Populares (1855), el alemán Carl Christian Sartorius, hablando de los vendedores ambulantes de la capital mexicana, dice: Durante la temporada de calor se escucha en todas las calles el grito de “nieve, nieve”; son los neveros que llevan sobre la cabeza grandes botes y que por una pequeña suma refrescan al sediento.
Como puede verse, los antiguos mexicanos sabían arreglárselas para disfrutar de las cosas buenas de la vida, mucho antes de que los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos vinieran a facilitar las cosas.
El Ixtaccíhuatl (Fotografía de José Ricardo Guarneros Rico).

viernes, 7 de diciembre de 2012

El oficio de aguador



El de aguador, encargado de llevar agua desde las fuentes públicas a las casas de los ricos, es uno de los muchos oficios que en su función de transportistas desarrollaron durante siglos los arrieros mexicanos, antes de que se construyeran las modernas redes de agua potable que abastecen hoy a las ciudades, y antes también de que aparecieran las embotelladoras que en camiones especialmente acondicionados hacen llegar a los hogares el líquido vital.
Sobre este particular, Los mexicanos pintados por sí mismos, obra escrita en 1854 por una Sociedad de Literatos, dice que el modo de transportar el artículo de su comercio no es igual en todas partes: hay ciertos provincialismos muy notables. En otros lugares de la república (se refiere a sitios alejados de la Ciudad de México) tercia en sus hombros un timón encorvado con dos canaladuras en sus extremos, adonde cuelga con dos cuerdas dos cántaros de igual tamaño para poder caminar equilibrado con el peso. En Guanajuato tiene el aguador un cofrade, un burro sobre el cual carga sus garrafas. En Querétaro lleva cuatro cántaros en una carreta de una rueda y cuatro pies; pero sea como fuere marcha rápido a hacer sus entregas.
Acerca del cargador de agua en la Ciudad de México escribió también el naturalista alemán Carl Christian Sartorius en su obra México. Paisajes y Bosquejos Populares (1855). Lo describe así:
El aguador es la persona de confianza en las casas de sus clientes; el portero conversa con él, la cocinera le reserva una rebanada de carne, la ayudante de cocina y la recamarera tienen una magnífica opinión de su persona; los niños de la casa lo quieren y hasta la señora lo consulta cuando desea cambiar una de las sirvientas o contratar un mozo, sobre todo lo que pasa en la ciudad y puede dar incluso amplia información de lo que ocurre en el seno de las familias. Más de una nota perfumada le ha sido confiada, más de una recamarera bonitilla le da órdenes de viva voz. Pero jamás abusa de la confianza y defiende la reputación inmaculada de sus clientes.
Asimismo, Émile Chabrand, en su libro De Barceloneta a la República Mexicana (1892) se refiere también a los aguadores señalando que su pecho está aprisionado por una gruesa coraza de cuero. Porta además un mandil del mismo material, en el frente, sobre los muslos y las piernas, y otro semejante por detrás. Calza huaraches y su cabeza la recubre con algo parecido a una gorra semiesférica, con visera, todo de cuero grosero y tan sólido como el yelmo de un caballero. Dos correas pasan sobre este casco: una se apoya en la frente y la otra en la parte alta del cráneo. De la primera está suspendida una gran ánfora, cuyo fondo descansa sobre un travesaño de su mandil trasero debajo de los riñones, y de la segunda, la gran olla que le cuelga frente al vientre.
Soportando de esta guisa su doble carga con la cabeza, tal como un buey que tira del yugo, el aguador trota todo el día, curvado bajo el aplastante peso de sus grandes recipientes de barro cocido llenos de agua […]
La reunión de los aguadores en torno de las fuentes públicas, provistas de sus cántaros de barro cocido vidriado y brillante, su armadura o aparejo de cuero, su tipo muy acentuado y con sus actitudes y movimientos tan característicos, y en medio de ellos el ir y venir de las jóvenes y bonitas muchachas del pueblo, alegres y risueñas, que vienen a aprovisionarse de agua en las desbordantes piletas, todo contribuye a hacer de cada esquina y de cada encrucijada menor de calles, un cuadro divertido y pintoresco.
Hasta aquí la cita de Émile Chabrand, nacido en 1850 en Barceloneta, Francia.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Los émulos de San Cristóbal

                          San Cristóbal, cargando a Jesús y al mundo (José de Ribera).

Al estudiar la historia del transporte y el comercio en México, uno encuentra con frecuencia curiosos detalles… En anterior entrada de este blog comenté que los arrieros, en su función de transportistas, desarrollaron una gran diversidad de especialidades, de acuerdo a las exigencias de cada región; una de ellas fue el transporte de personas a lomo de mula, que durante siglos tuvo amplia demanda en todo el territorio nacional. Sin embargo, hubo una curiosa variante de este oficio, el de los cargadores de gente, pero ya no en hamacas o en tronos, como se transportaba a los jerarcas aztecas, sino sobre la espalda misma de los proletarios. Esto ocurría habitualmente durante los días de lluvia en la Ciudad de México.
El naturalista alemán Carl Christian Sartorius, en su obra México. Paisajes y bosquejos populares (1855), informa al respecto:
Por las banquetas altas puede caminarse con los pies secos, pero la comunicación se interrumpe entre una calle y otra. Es el tiempo de la cosecha para estos cargadores: como transbordadores vivos llevan sobre la espalda, de una esquina a otra, a todos los que no están descalzos como ellos; el pelado se convierte entonces en el émulo de San Cristóbal http://es.wikipedia.org/wiki/Crist%C3%B3bal_de_Licia y por un medio atraviesa las turbias aguas con su carga. Es una delicia ver, por las noches, a estos puentes voladores (los aguaceros generalmente caen de las ocho a las diez de la noche); no hay alternativa y hasta las señoras deben montar este caballo de dos patas a riesgo de exponer a los ojos de los transeúntes una graciosa pantorrilla. Pero sería lo de menos, lo demás son otros incidentes embarazosos que a menudo suelen presentarse. En medio del agua (especialmente con las señoras), el cargador regatea el precio y si no aceptan sus condiciones, amenaza con un baño involuntario.
Coincidiendo con este autor, Madame Callegari, quien junto con Alejandro Dumas escribió el Diario de Marie Giovanni  en el que habla de su viaje a México en 1854, dice:
En un instante la ciudad se transforma en un verdadero lago, por el cual a menudo no se puede navegar ni siquiera en carroza (sic). Ahora bien, como no hay góndolas, hay que quedarse en casa. Sin embargo, para los peatones imprudentes existe una especie de locomoción, inusitada en cualquier otra parte: cargadores –mozos de cordel-, que aguardan en las aceras y que se alquilan. Cobran un medio, el precio de los grandes trayectos parisienses en ómnibus.
Sin embargo –agrega- esos cargadores no están asegurados contra un accidente […] a menudo ocurre que resbalan y cargador y cargado caen en el lago. Una vez caídos, cada quien se defiende como puede y gana la acera más próxima.
Si el ilustrado lector desea más información sobre el origen ancestral de estos cargadores capitalinos, le recomiendo el siguiente artículo:
http://suite101.net/article/antecedentes-indigenas-del-comercio-en-mexico-a40072


viernes, 23 de noviembre de 2012

Los arrieros de Tequila


Los arrieros desarrollaron diversas especialidades en función de los principales productos y consumos de las regiones donde traficaban. Hubo así arrieros mineros, salineros, madereros, cañeros, tequileros, hueveros, polleros, aguadores y neveros (que llevaban nieve de las más altas montañas para el consumo de las ciudades), y además los dedicados al transporte de personas y de correos, así como al arreo de ganado mayor y menor desde remotos lugares.
En su novela Nieves (1887) el escritor jalisciense José López Portillo y Rojas (1850-1923) hace una interesante referencia a los arrieros tequileros, que desde las fábricas de Tequila, en Jalisco, http://es.wikipedia.org/wiki/Tequila_(Jalisco) transportaban el producto a lomo de mula o de asno a los pueblos del mismo Estado y a entidades vecinas como Nayarit, Colima, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, y muy al Norte, hasta Durango:
La fábrica de aguardiente de mi abuelo es una vasta construcción que se halla a un extremo del pueblo, al otro lado del Arroyo de La Tuba, así llamado porque arrastra los bagazos del mezcal beneficiado y los desperdicios de las tabernas. Las emanaciones de la corriente son de un olor especial y contribuyen a dar originalidad al lugar. Tequila huele a tuba, como Atotonilco a jazmines.
Mis primos continuaron por algún tiempo, aunque en pequeña escala, el giro de mi abuelo. En su compañía fui a visitar la antigua fábrica. Recorrí su interior, deteniéndome a cada momento para considerar con tristeza los estragos del tiempo, y la soledad y silencio que por donde quiera reinaban. Los patios y corrales, ahora desiertos, un tiempo se mostraron llenos de bulliciosa mulada perteneciente a los diversos atajos que conducían el producto a los pueblos del Estado, a San Luis Potosí y a Zacatecas, puntos con los cuales mi abuelo llevaba un comercio activo. Las trojes antes henchidas de maíz, mirábanse vacías y ruinosas; las pilas, secas y aterradas, no daban a beber a aquella multitud de mulas y caballos que poco ha todavía ocurrían a ellas a mitigar la sed, después de haber comido abundante maíz en los pesebres. Nada de aquella turba de incansables arrieros que con pechera de cuero y tapa-ojos mular al brazo, bullían por todas partes aparejando las mulas, echando los barriles sobre sus lomos y arriándolas con voces, azotes y silbidos; nada de aquel constante trajín, de aquel incansable ir y venir de trabajadores y compradores, con que resonaba el vasto edificio.
Mis primos me veían con rostro melancólico, y comprendiendo lo que pensaba en mi interior se limitaban a decirme en son de disculpa:
-¡Qué quieres!, nosotros somos pobres y mantenemos el negocio como podemos.
Hasta aquí la referencia de López Portillo sobre los arrieros tequileros.



viernes, 16 de noviembre de 2012

Hay mucho qué aprender de los arrieros


El transporte, el comercio, la sociedad, la política y el lenguaje son ramas del conocimiento y de la actividad humana con las que el arriero mexicano estuvo estrechamente relacionado, a través de su oficio, durante más de cuatro siglos, razón por la cual es mucho lo que las nuevas generaciones pueden aprender de él.
Por principio de cuentas, fueron los arrieros quienes abrieron desde el siglo XVI los caminos de herradura sobre los cuales se construyeron más tarde las modernas carreteras, es decir, son iniciadores de la extensa red de caminos que desde aquellos lejanos tiempos facilitan el transporte y el comercio en la amplia geografía nacional.
En el aspecto social debe acreditarse también a los arrieros la fundación de la clase media rural mexicana, ya que como rancheros independientes forjaron una clase distinta entre los hacendados y la peonada, sirviendo a unos y a otros como transportistas y mensajeros. Consecuencia de este desempeño fue su destacada participación en los tres grandes movimientos sociales del país: Independencia, Reforma y Revolución.
Luego hay que ver su marcada influencia en el lenguaje popular, que se manifiesta a través de infinidad de vocablos y refranes que acuñaron, muchos de los cuales hablan de valores humanos ya olvidados: Arrieros somos y en el camino andamos, de arriero a arriero no pesa dinero, al mal paso darle prisa, amor viejo y camino real nunca se dejan de andar, no hay atajo sin trabajo, al mal tiempo buena cara, etcétera.
Naturalmente, dominaron los conocimientos que su oficio exigía. Un buen arriero sabía leer y escribir, entendía de cuentas y de pesas y medidas,  calculaba las horas por la sombra del sol o por la posición de las estrellas, conocía las fases de la luna para aprovechar su luz, distinguía la calidad de las mercancías para recibirlas y entregarlas según cuenta y razón, conocía las propiedades medicinales de las hierbas por si alguien enfermaba en el camino; también sabía curar a sus animales. En fin, el arriero conocía los buenos y los malos caminos, y de tanto andar por ellos, aprendió lo más difícil, que es entender el carácter de los hombres.
Nota: Hace más de 30 años que empecé a estudiar a los arrieros mexicanos, y entre más los conozco, más los admiro. Mucho me gustaría que este blog tuviera mayor interacción entre quienes compartimos iguales inquietudes. Estoy a la órden del apreciable lector para cualquier comentario.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Cómo cruzaban los arrieros el Río San Jerónimo


En Un viaje en mula entre Acapulco y México vimos las dificultades con las que Madame Callegari cruzó el caudaloso Río Balsas en 1854.  Ahora nos enteraremos de la curiosa forma que tenían los arrieros para pasar con sus mercancías los grandes ríos, concretamente el de San Jerónimo, según informa Salvador Castelló Carreras, español de Cataluña, en su Diario de Viaje por el Río Balsas y la Costa Grande de Guerrero. 1910.
Este viajero participó entre los meses de septiembre y octubre en la expedición canadiense encabezada por el coronel Andrews D. Davidson, que navegó el Río Balsas desde el pueblo del mismo nombre hasta su desembocadura en el Océano Pacífico -casi 500 kilómetros-, para continuar a caballo por la Costa Grande hasta el Puerto de Acapulco: otros 340 kilómetros. Durante la cabalgata emplearon a diez arrieros con 10 caballos y 30 mulas.
Los objetivos de la expedición eran dos: apreciar la riqueza agropecuaria, forestal y minera de Guerrero, con perspectivas de explotación y colonización, y señalar el trazado general de una vía férrea que, arrancando de Balsas, recorriera la cuenca de este río y siguiera hasta Acapulco, de donde continuaría a Chilpancingo y a Iguala. Tales proyectos quedaron truncos al desatarse en ese mismo año la Revolución Mexicana.
En el Río San Jerónimo los viajeros observaron con gran interés la forma cómo lo cruzaban los arrieros:
Cuando llegamos al vado numerosos arrieros esperaban turno y sucesivamente ocupaban sitio en las piraguas, donde se cargaba también la mercancía que conducían. Al marchar aquéllas, arreábanse tras ellas las caballerías que a nado pasaban el río conduciendo la embarcación al otro lado. Por lo original, el procedimiento nos interesó en gran manera, dice este escritor, quien por cierto era tío de doña Carmelita Romero Rubio, esposa del presidente Porfirio Díaz.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Un viaje en mula entre Acapulco y México


El famoso novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas (1802-1870)  y Madame Callegari (alias Marie Giovanni) escribieron el Diario de Marie Giovanni que habla del viaje a México realizado por Madame Callegari  en 1854, mismo que incluye su recorrido de dos semanas a lomo de mula entre el Puerto de Acapulco y la Ciudad de México, una travesía difícil debido a la abrupta geografía y además porque en aquellos días la región se levantó en armas contra el gobierno de Antonio López de Santa Anna.
Entre los preparativos de esta expedición, Callegari, quien la comandaba, contrató a un arriero, obtuvo salvoconductos y se abasteció de las provisiones necesarias, entre otras, álcali contra los encuentros venenosos, aguardiente y hamacas, ya que no se podía contar con un solo albergue a lo largo de la ruta.
Aparte de que durante su cabalgata fue interceptada por las tropas de Diego Álvarez (hijo del destacado insurgente don Juan Álvarez), quien la retuvo un par de días, el grupo cruzó con grandes dificultades y peligros el caudaloso Río Balsas:
Apenas se les indicó el vado, nuestros dos húngaros [miembros de la expedición] ya estaban en el agua, buscándolo; reconocieron que perdían pie, durante unos diez pasos, en el sitio más rápido de las aguas. A gritos pidieron a los indios, excelentes nadadores, que nadaran a cada lado de las mulas, sosteniendo, en caso de necesidad, la cabeza del animal fuera del agua. En caso de accidente, ellos, desde el sitio en que volvía a tocarse el fondo, se preparaban a acudir en mi auxilio.
Yo me tendí de bruces en mi mula y, temblando interiormente pero sin manifestar ninguna vacilación, di la señal, diciendo -¡Vamos! […] Me metí en el agua.
Durante un tiempo, mi mula caminó; pero de pronto noté en sus movimientos inquietos que el pobre animal comprendía que iba a perder pie. Muy pronto, en efecto, tuvo que ponerse a nadar.
Los dos indios, como les habían pedido nuestros húngaros, nadaban a los dos lados de la mula, dirigiéndola, hasta donde podían, y manteniéndole la cabeza fuera del agua. En cuanto a mí, iba aferrada a su cuello.
La rapidez de la corriente me causaba vértigos, oía salpicar el agua a los flancos de la mula, y me parecía que la vorágine me atraía. Oí entonces la voz de mis húngaros, que me gritaban: ¡No mire el agua, mire la montaña!
Comprendí que a mí me dirigían la recomendación; levanté la cabeza y fijé la mirada en las montañas. El vértigo desapareció. Llegué a la otra ribera, y me dejé llevar por los brazos que me tendían; luego hundí la mano en el bolsillo, y di una piastra a cada indio que había nadado cerca de mi mula. Las buenas gentes no podían creer que semejante recompensa fuera para ellos, cayeron de rodillas, dándome las gracias.
Para mayor información sobre arrieros y mulas en México, recomiendo al lector el siguiente artículo:


viernes, 26 de octubre de 2012

Los rancheros


La arriería fue un oficio de rancheros. No todos los rancheros eran arrieros, pero por lo general todos los arrieros fueron rancheros, porque sólo ellos tenían la capacidad de trabajar habitualmente con bestias de carga. La gente de ciudad, dedicada a otros menesteres, aprovechaba bien los servicios del arriero, pero no conocía el oficio.
El ranchero, tan ligado a la arriería, tenía un perfil muy característico. La plaza del mercado en Veracruz es un documento anónimo escrito probablemente por un extranjero, quizás inglés, a quien tocó vivir el final de la guerra de Independencia de México (1821). Este documento hace una descripción interesante del puerto jarocho en el Siglo XIX, con sus diferentes clases sociales, y refiriéndose al ranchero o modesto agricultor, dice lo siguiente:
El ranchero mexicano cuando no está ocupado en la venta de sus productos en el mercado, viene cruzando la campiña sobre su pequeño, briosísimo y muy enjaezado corcel al que obliga a hacer cabriolas y con el que se precipita en el mercado como un caballero. Jala con rudeza del caballo, levantando así mucho polvo, y en medio de un gran tintineo producido por los botones y ornamentos de plata y latón se apea envuelto en la nube de polvo y arena que ha levantado, como alguien que hubiera realizado una proeza magistral digna de ser admirada, entrando a la plaza con aire de potentado, con airosa vanagloria, consciente de la admiración general y ansioso de mostrar en reciprocidad una cortesía amplia a todo el mundo… Las bridas de su caballo son de plata maciza, porta un cuchillo de hoja muy ancha (machete) o una espada que cuelga elegante y amenazadoramente del cinturón y se cimbra suavemente junto a su muslo izquierdo. Constantemente saluda quitándose el sombrero y estirando el brazo a todo lo que éste pueda dar, pero apenas sonríe.
Si el apreciable lector desea más información sobre el origen y desarrollo del caballo en México, lo invito a leer el siguiente artículo:

viernes, 19 de octubre de 2012

El gigante de Amatlán


                          Tomasón, acompañado por dos niños en el Museo de Guadalajara.

Tomás Gómez Hernández, mejor conocido como Tomasón (1863-1924), originario de Amatlán de Cañas, Nay., se distinguió por dos cosas: su extraordinaria estatura (2.30 m.) y el gusto por la arriería, a la que dedicó su vida entera, salvo unos meses en que trabajó como portero en el Museo Regional de Guadalajara.
En su reciente obra Vidas Amatlenses (2012), el profesor Óscar Luna Prado dedica un capítulo a este personaje, nacido el 27 de diciembre de 1863 en el rancho Agua Fría, municipio de Amatlán. Murió el 6 de enero de 1924, a la edad de 61 años.
Tomasón disfrutaba recorrer los caminos atascosos, polvorientos y pedregosos con su atajo de burros, unos 14, en los que transportaba de un lugar a otro productos del campo, víveres y correspondencia. Viajaba a diferentes lugares, principalmente a Guadalajara, donde cultivó buenas amistades.
Cuando iba a su pueblo llevaba burros cargados de leña, pero en ocasiones, sobre todo en tiempo de aguas, los asnos se resistían a cruzar ciertos obstáculos, como arroyos o cercas de alambre. Entonces, Tomasón, que además de alto, era muy fuerte, abrazaba a cada burro con todo y carga y en peso los pasaba al otro lado.
Vestía de manta y guaraches, portando siempre el tradicional cinturón de cuero llamado víbora que servía para guardar las monedas de plata con las que hacía sus  transacciones.
Su gusto era recorrer mundo, de suerte que en uno de sus viajes a los Estados Unidos regresó casado con una jovencita norteña, llamada Josefa Flores, con quien procreó dos hijas de nombre María de Encarnación y María de Jesús.
En 1923 el director del Museo de Guadalajara, Ixca Farías, lo contrató como portero del edificio, pagándole dos pesos diarios con derecho a vivienda y medicinas, ya que para entonces, según diagnósticos médicos, padecía tuberculosis. Sin embargo, sus amigos le aconsejaron que tuviera cuidado porque la intención era matarlo, momificarlo y exhibirlo en el propio museo, para admiración de los turistas.
Por su condición de gigante, Tomasón fue un personaje altamente anecdótico. Se dice que cuando asistía a misa y toda la gente se hincaba a la hora de la consagración, él sobresalía, hincado, entre los demás, y no faltaba quien dijera: ¡Ése que está parado que se hinque!
Cierta vez, cuando trataba negocios en una tienda de su pueblo, dos hombres empezaron a discutir por un puerco que se metió al corral de uno de ellos. Tomasón les pidió repetidas veces que se callaran porque no lo dejaban oír, pero éstos, en vez de callarse, se mentaron la madre y se trenzaron a golpes. Entonces, Tomasón tomó a cada uno por la cintura y los subió al tejado de la tienda; ahí los dejó hasta que otros paisanos llevaron una escalera para bajarlos.
En otra ocasión varios hombres se esforzaban para subir una campana a la torre de la iglesia, pero al no poder con ella fueron a pedirle ayuda a Tomasón, quien la levantó y subió solo.
Quienes conocieron a Tomasón o escribieron sobre él, entre ellos el historiador Ignacio Dávila Garibi, nunca se pusieron de acuerdo sobre la verdadera altura de este arriero gigante. Algunos llegaron a calcularle hasta 2.40 m. Sin embargo, de acuerdo con el maestro Luna Prado, también originario de Amatlán, no debió medir más de 2.30 m., aunque según versiones de quienes asistieron a su velorio, al morir se estiró y creció más. Por cierto que su tumba en el Panteón de Amatlán, que lleva su nombre, es obviamente la más grande. 

viernes, 12 de octubre de 2012

Honradez a toda prueba


El naturalista y botánico austriaco Carl Bartholomaeus Heller, en su libro Viajes por México en los años 1845-1848, a pesar de enjuiciar severamente a diversos sectores de la sociedad mexicana, sobre todo la alta, a la que censura sus excesos, destaca sin embargo la probada honestidad de los arrieros. Refiriéndose a un sitio de su viaje entre Veracruz y Córdoba, este escritor comenta:
Junto con nosotros llegó una recua de mulas, algunos cientos en número, cargadas con mercancías para la capital, y el lugar antes desierto se animó de manera desusada. Los arrieros, con su original vestimenta, que consiste en pantalones blancos sobre los cuales llevan otros de cuero (llamados “calzoneras”), muy abiertos al costado y adornados con muchos botoncitos, una faja roja en la que llevan su cuchillo y un sombrero ancho bordado en plata u oro, se arremolinaban en el lugar para descargar las mulas, lo que hicieron con rapidez increíble.
Otros se afanaban preparando maíz con forraje y llevando las bestias al abrevadero, en tanto que algunos más encendían fuego para preparar su propia comida. Al aproximarse la noche, estos diversos grupos proporcionaban una imagen interesante y lamento no poder sino insinuarla apenas con la pluma.
Entre todos los mexicanos –afirma Heller- el arriero es el más ajetreado y como tal el más honrado. Si se ha llegado a un acuerdo con ellos sobre el costo de un envío y el tiempo de entrega, se les puede confiar cualquier mercancía sin temor; la entregarán con toda certeza puntualmente, a menos que se interpongan accidentes inesperados […]
Por cierto que en el tristemente célebre Río Frío, población localizada en los límites de los estados de México y Puebla http://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%ADo_Fr%C3%ADo_de_Ju%C3%A1rez, el viajero encontró a un posadero alemán, de quien dice:
Construyó un refugio donde es posible hallar una muy buena mesa y bebidas reconfortantes de buena calidad. No pude menos que preguntarle cómo se le había ocurrido asentarse en un lugar que se encontraba formalmente en el centro de todas las bandas de ladrones de México. Pero me contestó que el negocio le proporcionaba buenos ingresos, ya que vivía, y estaba obligado a vivir, en buenas relaciones tanto con los viajeros como con los bandidos, si no quería exponerse al peligro de ser asesinado por éstos en una mala hora. Y de hecho, este hombre vive desde hace años en Río Frío y es una persona muy respetada; ha ofrecido a muchos viajeros despojados, algo de dinero y vestidos. Su albergue es uno de los más benéficos del país.
En anterior entrega de Arrieros de México hablamos del capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, quien viajó por México en 1826 y dio testimonio sobre la proverbial honradez de los arrieros. Es significativo que Heller coincida después en esta opinión, compartida desde luego por la sociedad mexicana.

viernes, 5 de octubre de 2012

Viajar en hamaca debió ser una delicia

Traslado de un señor azteca (Códice Panes Abellán) 

Debido a que nuestros antepasados indígenas no disponían de bestias de carga ni conocían la rueda en su función vehicular, tuvieron que ingeniárselas para transportar durante viajes largos a personajes o incapacitados, razón por la cual dieron en usar habitualmente hamacas para cargarlos.
Sobre este singular medio de transporte, al que no pudo resistirse ni el gran benefactor de los indios, fray Bartolomé de las Casas, nos ilustra el fraile dominico Tomás de la Torre en su libro “Desde Salamanca, España, hasta Ciudad Real, Chiapas. Diario del viaje. 1544-1545”.
Explica De la Torre que “los indios atan los extremos de la hamaca a una vara recia y de una parte y de otra llevan sobre los hombros al que va en ella sentadoEs cosa bien apacible ir allí, aunque algunos se almarean y en estas duermen comúnmente los indios […] Estas usan ellos para llevar a sus señores y principales y a los enfermos y en estas andan ahora las mujeres de Castilla que van en camino y aun los españoles se hacen llevar en estas cuando van a sus pueblos…”
Tal testimonio demuestra que a algunos españoles les encantó el singular y comodino medio de movilizarse, aunque a otros les parecía una ofensa en contra de la dignidad de los indígenas, como era el caso del obispo fray Bartolomé de las Casas, enemigo acérrimo de las hamacas (como vehículo).
Pero al fin de cuentas ni el mismo Bartolomé pudo nada contra la “voluntad divina”, pues durante este viaje tuvo que doblar las manos ante la fiebre que le impedía caminar, aceptando el ruego de sus compañeros para subirse a la hamaca y continuar el viaje a Ciudad Real.
Dice De la Torre que aunque ya iba casi muerto por la calentura, el padre vicario no quería “entrar en hamaca y lo tenía por sacrilegio; pero allí no pudo dejar de condescender con el ruego de los padres más antiguos…”

viernes, 28 de septiembre de 2012

Caminos de la plata


Pasan los siglos y México sigue haciendo honor a su larga tradición argentífera. Hoy se mantiene como primer productor mundial de plata, con 4.500 toneladas anuales, solo que el preciado metal ya no se usa tan indiscriminadamente como en el pasado, cuando llegó a utilizarse hasta en bacines; y no se fabricaron con él barrotes de ventanas, por temor de las autoridades (ni siquiera de los dueños) a que los ladrones se los llevaran.
En su libro “Los Almada y Álamos. 1783-1867”, el escritor norteamericano Albert Stagg habla del lujo argentífero que solían tener en el siglo antepasado las familias prominentes de Álamos, Sonora, http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81lamos_(Sonora), particularmente los Almada, que llegaron a ese rico mineral en 1783, provenientes de España, para convertirse en una de las familias mineras más poderosas del Estado.
Stagg reproduce en su libro una carta de la señora Karam, de Arizona, quien anota reminiscencias de su abuela Isabel Almada, nacida en 1833:
“Las barras de plata eran traídas de las minas en los lomos de mulas y almacenadas en un enorme cuarto de la casa grande. Allí eran amontonadas hilera tras hilera… en las comidas toda la familia se sentaba a una larga mesa y toda la vajilla era de plata, hasta las tazas y platillos y vasos para beber. A medida que pasaban los años, con el uso, los platos estaban todos abollados, y mi abuela y su hermana los odiaban. Anhelaban tener platos de loza o por lo menos vasos para tomar como tenían las otras familias, pero su padre no escucharía nada al respecto. Cuando a un sirviente se le caía un plato exclamaba: “Dos reales a la bolsa.” Pues si hubiera sido de loza, se hubiera quebrado. Un día mi abuela de algún modo se hizo de un pequeño vaso y lo conservaba escondido en su recámara como algo precioso. Decía que las jarras y jofainas en sus recámaras también eran de plata. Todas las jarras tenían grabados sus nombres. El de ella decía : Soy de mi dueña Isabel Almada [...] Una vez su padre quiso poner barras de plata en las ventanas en lugar de las de fierro, pero las autoridades lo detuvieron porque los ladrones se las podrían llevar. En esos días no había bancos y supongo que el querido viejo tenía tanta plata que no sabía qué hacer con ella.”
Sobre las “conductas” de metal precioso de Sonora a la capital mexicana, dice el mismo autor:
“Ya con la marca de buena calidad de la oficina de ensaye en Álamos, debían ser transportadas  [las barras de plata] a la ciudad de México vía Guadalajara, por la conducta, la recua de mulas que salía para el sur dos veces al año. Una carga de mula constituía dos barras que pesaban 45 kilos cada una, atadas una a cada lado del aparejo. Hasta ochocientas mulas con sus arrieros y unos cien guardias armados estarían en camino durante varias semanas con una carga que valía más de un millón de pesos. A principios de enero y otra vez en julio la conducta hacía el viaje de quinientas leguas a la capital con toda la plata procesada en Sonora durante los seis meses anteriores. De la ciudad de México otra conducta tenía la responsabilidad de llevar la plata a Veracruz para ser embarcada a Europa...”
Muchos y muy antiguos son los caminos de la plata que transitaron los arrieros desde el Siglo XVI en México; el de Álamos es apenas uno de ellos. Sobre los primeros caminos en el Occidente del país recomiendo al lector el siguiente enlace:



jueves, 20 de septiembre de 2012

Premios Liebster de Arrieros de México

Fue la mañana del pasado 10 de septiembre cuando recibí la grata noticia: Pax augusta,  que dirige el historiador y periodista español, Gustavo Adolfo Ordoño Marín, eligió Arrieros de México para el Premio Liebster, concedido por los autores de blogs a quienes destacan en esta rama de la actividad cibernética.
Para Arrieros de México constituye un alto honor este reconocimiento, sobre todo por provenir de un blog tan prestigiado. El premio representa, además, un gran estímulo, puesto que los arrieros mexicanos empezaron hace poco tiempo a cabalgar por el ciberespacio.
Dice Ordoño Marín: “Este blog del periodista mexicano, Javier Medina, me gusta porque es como entrar en una ´librería de viejo´  y encontrarte historias de un pasado no tan lejano, pero lleno de nostalgia”.
¡Gracias, Gustavo!


El objetivo de los premios Liebster no es otro que dar a conocer a distintos blogs. En todo caso, el jurado está compuesto por los propios bloggers para establecer una cadena “ad infinitum”. Las reglas del premio son:
1.- Copiar y pegar el premio en el blog
2.- Enlazarlo con el Blogger que te lo ha otorgado
3.- Premiar a cinco blogs con la condición de que tengan menos de doscientos seguidores y dejarles un comentario en sus entradas para notificarles que han ganado el premio
4.- Confiar en que continúen la cadena premiando a su vez a sus cinco blogs preferidos

Conforme a estas reglas, Arrieros de México otorga con el mayor agrado, en un ambiente de fiesta a la mexicana (cohetes, vivas, dianas y aplausos),  el preciado galardón Liebster a los siguientes blogs:
1.- El blog de Carlos Enrigue., por su defensa  de las mejores causas de Jalisco y de México. Con su habitual sentido del humor, don Carlos no sólo ilustra, sino que además atrapa el interés del lector, haciéndole pasar momentos agradables, caso poco frecuente en el periodismo nacional.
2.- Relatos caninos. La escritora mexicana Mayra Cabrera, calificada acertadamente como  “Ángel guardián de los animales”, demuestra en este blog  y en todo su trabajo profesional un profundo amor a los animales, especialmente  los más necesitados de ayuda, lo cual merece el más amplio reconocimiento.
3.- Roberto Langella Faquin Blog. Este blog -dice su autor- trata de “Astrología, tarot, poesía, arte en general, películas y otras yerbas…” Roberto nos regala sabrosos artículos sobre la actualidad de Argentina,  país hermano muy querido, sin el cual difícilmente podríamos hablar de cultura latinoamericana.
4.- Leonardo Schwebel. Epicentro Informativo. A través de este blog, Leonardo  y sus  colaboradores dejan testimonio de su diaria labor periodística, caracterizada por su honestidad y profesionalismo en el manejo de la información, una constante preocupación por la problemática local y permanente búsqueda de la verdad.
5.- La Diablina Monina, de Carmen Libertad Vera, por sus magníficas historias sobre Guadalajara y su gente, que contribuyen al rescate de las tradiciones tapatías. Sus crónicas y comentarios son de lectura obligada para quienes  deseamos entender mejor a esta ciudad.

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Perros de carga en el México antiguo?


Existen diversas referencias sobre el uso de perros de carga en el México antiguo y en el hoy territorio de Estados Unidos, especialmente entre los indios comanches,  antes de que Cristóbal Colón descubriera América en  1492, pero esta información la amplía en su novela “La Malinche y Cortés” (Nueva York, 1971) la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien refiriéndose a la llegada de Hernán Cortés a Veracruz en 1519, dice:
“Trajeron una docena de perros en los diversos barcos. Algunos eran mestizos, de los que resultaba un cruzamiento que ladraba mucho. Pero había también lebreles puros. Los perros de este tamaño y forma eran también desconocidos en México, en donde la especie pequeña y gorda se comía, o se convertían en perros de casa, pero, por supuesto, nunca eran usados para deporte, aunque los aztecas tenían uno lampiño de buen tamaño que se utilizaba como bestia de carga y para compañía en los viajes, así como otra especie pequeña y feroz que cazaba topos y ardillas. Los lebreles fueron amaestrados en Cuba a fin de que persiguieran a los esclavos que huían y para destruir a los desobedientes; fueron traídos a nueva España con iguales propósitos”.
Cabe añadir aquí otra cita de la misma autora que habla de los perros que mataron y se comieron a unos viejos indígenas que le llevaban valiosa información a Hernán Cortés:
“Ocurrió otro acontecimiento en Xochimilco. En tanto que Cortés tenía ahí su corte, llegaron cinco viejos llevando sus códices, y diciendo que querían ver al tuele. ¿Para qué venían? ¿Para poner los códices y manuscritos a su cargo? ¿Para mostrárselos? ¿Para darles a conocer una profecía? Nunca se sabrá. Antes de que llegaran a Cortés, los perros fueron lanzados sobre ellos, quizás como una broma. Los perros mataron y se comieron a los viejos y dispersaron los códices inapreciables con sus ilustraciones que hablaban palabras aztecas de sabiduría”.
El caso es que antes del arribo de los europeos, no había en México burros ni caballos. Por esto eran comunes los tamemes o cargadores, indígenas capaces de recorrer diariamente grandes distancias con pesados bultos en la espalda. Así las cosas, resulta interesante conocer referencias sobre el posible uso de perros como bestias de carga en aquellos lejanos tiempos.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Lo que al burro le falta, al caballo le sobra


En contraste con los asnos, que tienden a desaparecer por falta de  ocupación productiva, al caballo mexicano le sobran campos de actividad: deportes, charrería, carreras, paseos turísticos y terapéutica son algunos de ellos.
A esto obedece que México figure hoy como tercer productor mundial de caballos, tan solo después de Estados Unidos y de China.
Esta prosperidad contrasta incluso con la tendencia global, ya que según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), el mundo perdió 14 millones de equinos durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de la introducción de maquinaria agrícola y el desarrollo del transporte, mientras que en México creció más del doble el censo nacional  en apenas 13 años cuando en 2004 rebasó los seis millones de ejemplares.
Sucedió que mientras asnos y mulas se utilizaban como bestias de carga, hoy sustituidas por modernos medios de transporte, los caballos fueron cada vez más apreciados como animales de placer, sobre todo a partir del surgimiento de la charrería como deporte nacional por excelencia, en los años 30 del siglo pasado.
Actualmente son tan bien cotizados los caballos mexicanos que sus precios pueden fluctuar, según raza y condición, entre mil y 20 mil dólares.
Si a usted, amigo lector, le interesa más información sobre el tema, le comparto el siguiente enlace:

viernes, 31 de agosto de 2012

Principio y fin del burro en México


Con el desarrollo de los modernos medios de transporte y la consecuente desaparición de la arriería, los burros se han quedado sin actividad productiva en México, razón por la cual se encuentran en peligro de extinción. La última estimación habla de apenas medio millón de asnos en el país, cuando hace dos décadas sumaban el triple. De ahí que se piense en crear refugios de burros como el que ya funciona en Otumba, Estado de México, para su rescate y preservación.
Fue el navegante Cristóbal Colón quien en 1495 introdujo en América los primeros burros: cuatro machos y dos hembras, y dada su gran aceptación, sobre todo entre los indígenas, muy pronto se propagó la especie por todo el continente, propiciando además con sus cruzas el aumento del ganado mular.
El asno fue realmente un benemérito de los indígenas, al venir a relevarlos como tamemes o cargadores, ya que en tiempos prehispánicos no existían bestias de carga en el país, aunque hay quien asegura que para ello se utilizaban perros; si así fuera, ¿cuánto podían cargar?, peor si eran “chihuahueños”.
El caso es que los burros, tras de recorrer durante más de cuatro siglos los caminos de México, están a punto de desaparecer como medio de transporte, y de este modo, pronto los veremos sólo como mascotas de lujo para halagar al turismo en zoológicos y ranchos ganaderos del país.

viernes, 24 de agosto de 2012

Los atajos casi desaparecen en la Cristiada


En tiempos de guerra no hay misericordia: el comercio, la industria, la agricultura, todo desmerece, excepto el afán de matar gente y de destruir lo que se pueda. Así ocurrió en tiempos de la Cristiada en México (1926-1929), cuando los atajos de los arrieros prácticamente desaparecieron del paisaje en el Occidente del país, donde “pegó” más fuerte esta revolución.
En su novela histórica Los Cristeros (1937), José Guadalupe de Anda refiere  lo ocurrido con la arriería y otros oficios durante la Guerra Santa: http://books.google.com.mx/books?id=3ED8ywkrZIIC&pg=PA377&lpg=PA377&dq=josé+guadalupe+de+anda&source=bl&ots=1jqh
“Y la llama de la rebelión se extiende arrolladora por toda la región de Los Altos.
“Hasta la gente de paz, hombres de buen sentido que no prestan oídos a las prédicas y propaganda subversiva, cuando los dejan con los brazos cruzados, sin bueyes ni semillas ni elementos con qué cultivar sus tierras, se ven obligados a incorporarse a las huestes cristeras, antes que morirse de hambre o de ir a mendigar a los pueblos…
“En los sembrados que quedan abandonados duele ver cómo las robustas mazorcas se inclinan hacia el surco, devolviendo a la tierra su generoso fruto, porque los hombres que debieron recogerlo se fueron a la guerra.
“El bullicioso cordón de los atajos, que jamás se cortaba, inyectando animación y vida a la región, ha desaparecido.
“Si acaso, una que otra recua de burros flacos y quejumbrosos, cargados con barañas de leña, aparece conducida por viejos de cara atribulada que se santiguan al tropezar con uno que otro colgado que pendulea de las ramas de los árboles que bordean el camino…”
Fuente: José Guadalupe de Anda. “Los Cristeros” (1937)

viernes, 17 de agosto de 2012

Mensajeros de Zapata y sus espías


Sabido es que el líder agrarista de México, Emiliano Zapata, fue arriero en su juventud, pero lo que poco se sabe es que ya como revolucionario, habiendo conocido bien los caminos del Estado de  Morelos y sus alrededores, el Caudillo del Sur se apoyó en los arrieros, sus antiguos compañeros, para combatir a las tropas federales.
Así lo ilustra el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela histórica Tierra (1932) cuando habla del coronel Eusebio Jáuregui, quien al ser capturado por los carrancistas, enemigos de Zapata, éstos lo reconocieron  como espía del zapatismo y hábilmente lo utilizaron para armar el complot que acabó con el asesinato del jefe guerrillero. http://es.wikipedia.org/wiki/Emiliano_Zapata
Esto es paradójico, porque los arrieros, que bien le sirvieron al Caudillo del Sur en su ascenso como revolucionario, finalmente, sin proponérselo siquiera, sólo como mensajeros contribuyeron a su ruina.
Resulta que Jáuregui, como prisionero de Jesús Guajardo, fue objeto de especiales consideraciones por parte de éste, hasta hacerle sentir que estaba dispuesto a pasarse al zapatismo, lo que aprovechó Jáuregui para enviar mensajes a su jefe Zapata, a través de conocidos arrieros, sobre la posibilidad de conseguir la adhesión del jefe carrancista.
“La respuesta no se hizo esperar”, dice Lópéz y Fuentes: “Otro arriero, arriando tres burros cargados, trajo, dentro de un  bulto de carne seca, una carta para Guajardo y otro papel con instrucciones para Jáuregui (de parte de Zapata). El mismo arriero se llevó la respuesta”.
Hubo un intercambio de comunicaciones, donde el traidor Guajardo se ganó la confianza del jefe zapatista, y lo demás es historia: se concretó la cita fatal en la Hacienda de Chinameca, Morelos, donde el Caudillo del Sur fue traicionado y acribillado el 10 de abril de 1919.
Fuente: Gregorio López y Fuentes. “Tierra” (1932)

viernes, 10 de agosto de 2012

Los arrieros, respetados por bandos contrarios


En tiempos de guerra los arrieros fueron generalmente respetados por bandos contrarios, ya que en su función de llevar y traer víveres, correspondencia y noticias, servían a la comunidad en general. Sin embargo, no pocos practicantes de este noble oficio pagaron con su vida y con sus bienes la audacia de salir a los caminos en tan peligrosas circunstancias.
En su obra “Mi caballo, mi perro y mi rifle”, el escritor michoacano José Rubén Romero (1890-1952) http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Rub%C3%A9n_Romero habla de un par de rebeldes, Julián y Ramiro, que en plena Revolución http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_mexicana tuvieron necesidad de regresar urgentemente a su pueblo, porque a uno de ellos, Julián, se le murió su madre. Sin embargo, la plaza estaba tomada por el Ejército federal, de suerte que era muy riesgoso acercarse siquiera al poblado.
En estas condiciones, ambos revolucionarios urdieron disfrazarse de arrieros para poder entrar al pueblo, pero como no traían burros, echaron mano de dos que pastaban tranquilamente en una huerta, aún con el riesgo de toparse en el camino con el dueño de los mismos.
En la primera esquina del poblado levantábase una trinchera de adobes del alto de una persona, y al acercarse ambos rebeldes, les dieron el quién vive. Ramiro, atolondrado, contestó: “Dos burros, con unos arrieros. Digo mal, dos arrieros con unos burros”.
Guardaban la trinchera dos o tres soldados que, al verlos, los dejaron pasar sin más requisito. “Adelante”, dijeron.
“Luego de andar dos cuadras en tan buena compañía”, los rebeldes “dieron de mano a los animalitos, abandonándolos a su suerte”, y se fueron de prisa para evitar otro peligroso encuentro.
Así llegaron hasta la casa donde se velaba a la difunta.
Fuente: “Mi caballo, mi perro y mi rifle”. J. Rubén Romero (1936)




viernes, 3 de agosto de 2012

Un hogar campesino del Siglo XIX


Entre los escenarios que dibuja el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela “Arrieros” (1944), destaca el de un hogar campesino al que en cierta ocasión llegaron unos arrieros en busca de alimentos. Un hogar como éste fue típico del Siglo XIX en México, pero muchos perduraron así hasta ya entrado el Siglo XX. Lo describe de la siguiente manera:
“Olía a tortillas de maíz nuevo y a café aguado. Un perro nos recibió, ladrando. Fue una mujer quien desde la puerta acallaba al animal. A la luz de un ocote, junto a la lumbre, cenaban un hombre y dos muchachos. Aquél, sin levantarse, nos invitó a pasar. La mujer nos dio bancos de madera. En torno de nosotros veíamos todo lo que era la casa: una cama de carrizos, la recámara; unos tenamaxtles negros, un comal, unas ollas y un metate http://www.diccionario-web.com.ar/largo/metate.html, la cocina; los bancos, junto a la lumbre, el comedor; en un tapanco de tres metros cúbicos, la despensa; de un ángulo pendían cobijas y ropas de manta; en otro ángulo colgaban un machete y una escopeta; debajo de la cama salían quejumbres de gatos recién nacidos y por otro lado se oía a una gallina decir ternezas a los pollos que apenas estaban picando el cascarón.
“Tanto la mujer como los enseres, denotaban limpieza. Las tortillas eran de maíz negro. El chile que los muchachos sopeaban en sus platos, era de un verde tierno. El hombre cuchareó por última vez con un pedazo de tortilla en el plato que sostenía sobre las rótulas y se levantó masticando con la boca bien llena. De un guajehttp://www.100porcienmexico.es/Bule/Bule.htm de cuello alargado, bebió cara al techo”.
Este escenario alude a la forma en que vivieron hasta ya entrado el Siglo XX muchos rancheros mexicanos, que no conocieron ni imaginaron siquiera la luz eléctrica, la cocina integral, la estufa de gas, la licuadora, el refrigerador, los muebles de sala y de comedor, mucho menos el radio, la televisión, el celular, la computadora e Internet.
Ciertamente, a la fecha ha cambiado mucho el estilo de vida en el campo mexicano, pero la pregunta fundamental es la siguiente: ¿Es la gente más feliz?
Bibliografía: Gregorio López y Fuentes. “Arrieros” (1944)




viernes, 27 de julio de 2012

El loro de Chontla


En su obra “Arrieros” (1944), el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes habla de un arriero que en vísperas de salir a uno de sus largos viajes, fue llamado por el cura del pueblo para hacerle un encargo: “Quiero que me traigas un lorito de ese rumbo de Chontla http://es.wikipedia.org/wiki/Chontla, pues dicen que son los mejores. Quiero que tenga la lengua negra y que el amarillo le llegue siquiera a la mitad de las alas, es decir, que sea bueno. Te pagaré lo que valga”.
El arriero, cuando estuvo en la Huasteca http://es.wikipedia.org/wiki/Regi%C3%B3n_Huasteca, compró un loro joven, de voz clara, lengua negra y con suficiente amarillo. Tras sus mulas, con su adquisición en un hombro y jinete en su tordilla, emprendió el viaje de regreso, diciendo, de vez en cuando, algunas palabras altisonantes, para avivar el paso de su recua.
De esta suerte, el loro oyó con frecuencia el grito de: “¡Hagan hilo, cabrestas!”, que el arriero dirigía a sus mulas, así como el conocido silbido que siempre seguía a esta orden disciplinaria.
El cura quedó completamente satisfecho con su adquisición. El loro fue instalado en una jaula nueva, tan nueva que parecía de plata. Era tan consentido el animal, que lo mismo se le veía en el curato que dentro de la iglesia. Las señoras más devotas, ésas que se pasan doce horas del día en el templo, le llevaban sus sopas sin dejar pasar una sola ocasión para preguntarle: ¿Eres casado?  Luego se marchaban diciendo que el loro era muy gracioso.
Todo iba bien, pero una mañana, después de los oficios, el cura invitó a las señoras a una reunión en la sacristía para tratar sobre las reparaciones urgentes que la iglesia necesitaba. Diez señoras arrebujadas en sus chales se aglomeraron a la puerta de la sacristía, seguidas del sacerdote, cuando en aquel cóncavo silencio sonó una voz, diciendo: ¡Hagan hilo, cabrestas!, y luego el mismo silbido largo y penetrante del arriero en los pasos difíciles del camino.
Fue un escándalo. Cura y señoras se volvieron asombrados ante aquella orden “arrieril”. Algunas de las damas se persignaban, denunciando que ¡al loro se le había metido el diablo! Y hasta le rociaron agua bendita.
Al día siguiente, el sacerdote, aunque explicándose inteligentemente el origen de aquel desagradable suceso, pero cediendo a las exigencias de las señoras organizadas en comisión, quienes pedían la muerte del deslenguado, optó por abrirle la jaula. Tras un ensayo de corto vuelo, el animal se lanzó por sobre los árboles, un tanto distantes, y luego sobre las sierras, en busca de sus selvas.
Fuente: Gregorio López y Fuentes “Arrieros” (1944).


jueves, 19 de julio de 2012

¿Caminos inseguros? ¡Viaje en caravana!


En zonas de conflicto o de creciente bandolerismo los caminos suelen ser inseguros y peligrosos: asaltos, robos, secuestros y asesinatos se repiten con frecuencia. Sin embargo, la gente tiene que seguir transitando, ya no tanto por placer, sino para satisfacer exigencias de trabajo, salud, relaciones familiares o de mera subsistencia.
La zona limítrofe de los estados de Jalisco, Zacatecas, Nayarit y Durango, que comprende más de 20 municipios, es todavía una de las más incomunicadas y deshabitadas del Occidente de México (http://www.mapascarreteras.com.mx/jal/), y además, escasamente vigilada por las autoridades encargadas de garantizar el orden público. Esto propicia el aumento de delitos en carretera y en las mismas poblaciones.
La criminalidad ha crecido tanto en esta región que, salvo en casos de extrema urgencia, la mayoría de la gente ya no viaja de noche por estos caminos; lo hacen de día y con las debidas precauciones.
Así las cosas, no extraña el mensaje emitido la semana pasada a través de la página de Facebook “Atolinga, Zacatecas” https://www.facebook.com/atolinga.zacatecas, municipio que limita con Totatiche, Jalisco, y que dice:
“Consejo: A todos los paisanos que piensan venir a México manejando (por carretera)… Pónganse de acuerdo para salir y verse todos en la frontera (de Estados Unidos). Se vienen en caravana y pidan apoyo de Seguridad Pública para que los escolten hasta su destino y eviten problemas de robo… Ya se ha hecho antes así y todo ha salido bien… Atolinga”.
¿Qué ocurre? Que como todos los años, decenas de miles de paisanos originarios de estos pueblos, que trabajan en los Estados Unidos, vienen en esta época a visitar a sus familiares, obviamente con algunos dólares en el bolsillo y regalos para sus seres queridos, pero muchos de ellos han sido asaltados en el camino y despojados de sus pertenencias.
Uno de los participantes en esta página, Eloy González, de Atolinga, pero residente en Chicago, escribió: “Da cosa leer ese consejo. ¿Es que las cosas están tan peligrosas en México?, ¿ya no se puede conducir un auto independientemente sin que te asalten?, ¿acaso no ganó el PRI?, ¿no regresarán las cosas a la normalidad?”
La recomendación de la página de Atolinga no hace más que retomar la costumbre de los viejos arrieros, quienes, cuando proliferaban los bandoleros, se ponían de acuerdo para salir a los caminos en grandes caravanas, generalmente armados, para defenderse de los ladrones. Esta tradición duró más de cuatro siglos, desde el XVI hasta mediados del XX.
Hoy día, dada la inseguridad que prevalece, la gente de trabajo se ve obligada a poner en práctica este elemental sentido de solidaridad, que es unirse para enfrentar a los delincuentes. Además, es correcto que las caravanas sean escoltadas por patrullas de policía, porque a diferencia del pasado, ahora la gente pacífica no tiene permiso para portar armas.

viernes, 13 de julio de 2012

Lo que dijo un arriero ebrio en Guadalajara


En Flor de Juegos Antiguos (1942), Yáñez narra lo sucedido en un pleito entre arrieros y músicos, en el popular barrio de San Juan de Dios, frente al Hospicio Cabañas (hoy Patrimonio de la Humanidad), en Guadalajara. Ahí refiere las bravatas de “un arriero viejo, barbón con barba blanca y ojos legañosos, calzonudo y con huaraches retejidos”, un tal Francisco Núñez, que al calor del tequila gritaba:
“Y que viva el Mesón del Tepopote, a donde llegan mis vales de Cocula y Autlán, por su mamacita, que mueran los indios blancos que vienen del Río Verde y llegan al Mesón del Nevado o al de las Palomas, mueran los de la Plaza de Toros y mueran los de Cuquío, por agarrados; que mueran los de Nochistlán, malas entrañas. Al cabo arrieros semos y en el camino andamos. En el camino de Estipac y Zapopan, Virgen mía bendita; en el camino de Zoquipan o en el de Jocotán. Échenme esos alacranes que vienen de San Cristóbal y duermen en el Escalón, naranjeros o carboneros que roban en el Pedregal. Ya me dijo la mesonera linda lo que le hicieron; pero un día nos encontraremos en el Taray o en Copalita y entonces sabrán quién es Francisco Núñez, su servidor. Échenme “la pajarera”, musiquitos de Zihuatlán y que viva su tierra; échenme “la pajarera” que me hace llorar por el recuerdo de una ingrata juilona… “cuando a México llegues, Rosita…” Eso es lindo, no más, y el tequila, y mi mula campanera que tiene bordado en la retranca el nombre de la juilona, vieja ingrata: ay va por los caminos, sonando la campana como quien dice: ay va Francisco Núñez el de la mejor recua de Amatitlán y que venga otra cosa que se le pare por delante en todo Jalisco. No me vayan yendo, muchachitos güenmozos, si al cabo no se los come Francisco Núñez, que cuando pasa por Orendáin tiene comida y cama; al que me voy a comer es al patrón don Cenobio, ese mentado Cenobio Orendáin que quiso burlarse de Francisco Núñez, madrugándole con la fondera de su rancho. No se me vayan cortando, muchachitos, epa, tú que tienes cara de coyote, les van a tocar a su salud el son de las abajeñas que son unas viejas trigueñas que pa qué les cuento…”
Fuente: Flor de Juegos Antiguos. Agustín Yáñez (1942)

viernes, 6 de julio de 2012

Consejos de un arriero al hijo que busca esposa


En su obra “Las Tierras Flacas” (1962), Yáñez habla de un viejo arriero, don Epifanio, que compendiaba su experiencia y sabiduría adquirida por aquellos caminos en un interminable chorro de refranes. Así, por ejemplo, cuando alguno de sus hijos quería casarse le soltaba los siguientes:
n  Gallo, caballo y mujer, por su raza has de escoger.
n  Caballo que llene las piernas, gallo que llene las manos y mujer que llene los brazos.
n  La comida y la mujer por los ojos han de entrar.
n  Con toro jugado, mucho cuidado.
n  La mujer mala o buena más quiere freno que espuela.
n  La mula es mula y cuando no patea recula.
n  La cobija y la mujer, suavecitas han de ser.
n  La que al toser te entienda, tiene buena rienda.
n  Al que se acuesta con luz, aunque le apaguen la vela.
n  Ni grullo ni grulla, ni mujer que arguya.
n  A tu palo, gavilana, y a tu matorral, coneja.
n  El freno a la yegua al diente y a la mula hasta la frente.
n  Yegua grulla o flor de durazno, mejor asno.
n  La mujer alta y delgada, y la yegua colorada.
n  Hijo de tu hija es tu nieto: hijo de tu hijo, quién sabe.
La fuerte dosis de machismo que contienen algunas de estas sentencias obedece obviamente a la época y circunstancias en que fueron acuñadas o divulgadas en México, durante el apogeo de la arriería, entre los siglos XVII y XIX. De cualquier manera, éstos y otros muchos refranes utilizados con frecuencia por los mayores, eran tomados muy en cuenta por los jóvenes, ya que “los dichos de los viejitos son evangelios chiquitos”.
Fuente: “Las Tierras Flacas”. Agustín Yáñez (1962)

viernes, 29 de junio de 2012

Tormenta en la barranca


“Un trueno de asustar, estremeció a la barranca. Siguió un silencio como de un cuarto de hora. Ya no se oía ni el río, allá abajo; ni los pájaros, como en la mañana, que casi aturdían entre los árboles; los que platicaban, y eran pocos, lo hacían en voz baja; comenzaron a jadear los animales; sus pezuñas resbalaban en las piedras: eran los únicos ruidos, en la tarde que parecía dormida o callada de miedo. No iríamos a la mitad de la barranca, cuando nos encandiló otro relámpago terrible; nos agarramos del aparejo, al tiempo de oír el trueno… ¡Santa Bárbara bendita!... Glorifica mi alma al Señor… Y ahora siguieron, cada segundo, los relámpagos y los truenos; parecía que iba a desgajarse la barranca; nunca había oído yo en mi vida semejantes descargas; las mujeres, menos mi mamá, comenzaron a gritar horrorizadas: ‘Si nos cae un rayo… Si nos cae una peña desgajada… Si no alcanzamos a pasar el arroyo y nos quedamos la noche en la barranca… Si bajan los lobos, con la oscuridad…´ A todo esto, el viento era terrible: corriendo por la barranca aullaba como dicen que aúlla el diablo, y sacudía los árboles con furia de loco o de endemoniado (…)
“Las primeras gotas fueron grandes, como de a peso fuerte, pero desbalagadas; luego se hicieron más tupidas y el viento las aventaba con coraje sobre la cara y la espalda. --¿Cuánto nos falta para llegar? –era el grito de todos, como si tuviéramos fiebre. --Ya merito –decían los arrieros, sin dejar de chupar, entre las copas de sus sombreros y el cobijo de sus chinas de palma, por donde resbalaba la tormenta. Ni dónde refugiarse. Por el lado de Ibarra no hay un solo ranchito. Lo peor fue que los animales se pararon en seco, alzando las orejas; no valieron pelitos, chicotazos, palabras duras; por nada del mundo los hicimos andar (…)
“La cosa fue bastante penosa, principalmente por el número de mujeres y la inutilidad de los señores, no acostumbrados a estas sanfrancias. Se quitó la fuerza de la tormenta; quisieron caminar, aunque despacito, los animales; tardamos más de una hora en llegar a la ceja de la barranca (…) No sé cuánto caminaríamos. Desperté con la bulla de que comenzaban a verse las luces de Guadalajara”.
Fragmentos de “Flor de Juegos Antiguos”. Agustín Yáñez (1942)